Como a las 6:30 de la mañana se inicia la jornada matinal de débito; y el desaliento que arrastro del día anterior aún tiñe mi piel; siquiera el delirio nocturno ha borrado las contradicciones puñeteras con las que tropiezo en la calle. En mi día solitario el diluvio arde colgado de árboles desesperados por un poco de tierra, de agua y sol.
Es así como me alisto para batirme con la cotidiana realidad; los días se afilan como cuchillos entupidos, preparados para cortar el hilo que aproxima los sueños y las ilusiones al concreto de la ciudad.
El tiempo transcurre y ya van para las siete de la mañana; por todas partes todavía encuentro imágenes de ayer que se dispersan como huéspedes fatigados en mi memoria; buscan nuevos ojos donde habitar.
Mientras afeito mi barba, el otro frente a mi, prorrumpe sus interrogantes de cara a mi sombra, a mis gestos, a mi aliento. ¿Interesará este cansancio a alguien?
Este malestar atrofia las capacidades profundas del alma, la imaginación, el instinto pasan a un exilio. ¬ ¡De que sirve este esfuerzo si al final se convierte en una resignación suicida! Debo resistir a diario este embate de cuestionamientos, desahogándome mediante lamentaciones renuentes al concilió, cuidando no degollarme mientras me afeito la barba.
Son las siete y cuarto y empiezo a diseñar el vestuario de mi personaje, entre franelas, botas e interiores voy cubriendo la desnudes de mi cuerpo con telas; de pronto se filtran evocaciones en mi mente de textos que he leído: “¿Es posible que a pesar de las invenciones y progresos, a pesar de la cultura, la religión y el conocimiento del universo, se haya permanecido en la superficie de la vida?”, “¿No puede haber sacrificio cuando la vida ha perdido el sentido para el hombre, o sólo lo halla en la comodidad individual, en la realización del éxito personal?”.
Se inaugura en mi cuerpo un sentimiento de orfandad, donde lo solemne es la urgencia de creer en alguien o en algo…pero como creer, si no nos permitimos ser tocados por lo que nos rodea, como ser solidarios, si nos limitamos a lo funcional del trabajo, a las fronteras del departamento, a los días que subrayamos en la agenda. Se podrá pensar en un porvenir; el destino se presenta hoy en signos, desapercibidos o velados por lo masificado, por la TV, por comprar lo ultimo en tecnología celular. ¿Será el destino fatalidad?, como en la tradición griega.
Al terminar de anudar mi zapato izquierdo, me doy cuenta de estar ya completamente vestido, la acción de repetir esta rutina a diario me convierte en autómata de cabellos largos y piel blanca, modelo 1974-19-07, con accesorios especiales, que inclinan mi desempeño hacia actividades intelectuales.
Exactamente a las ocho de la mañana suena el teléfono, es mi coordinadora de trabajo, la cual define y prioriza las tareas correspondientes a mi hacer.
A esta altura de la mañana solo proyecto mi quimera a elucidar como será el resto de la jornada matutina; sigo escuchando por el teléfono, tomando nota de los últimos detalles, de pronto un espasmo, la necesidad de estar al tanto de quien es realmente quién me habla, ¿será esta voz emitida por otro ser humano, o, simplemente es la revolución de las maquinas que ya a empezado?
Hay días en que la esperanza es desenfrenada; y otros días, la angustia y la desolación del porvenir, pesa sobre mi cuerpo, como toneladas de impresiones punteadas en mi piel, en mi rostro, en mis pulmones.
La esperanza, pone al alcance de mis posibilidades el comprometerse con la vida, a través de pensar la existencia, para luego combatir y existir en mi corto hacer. Es así como me vuelco sobre la imaginación, la cual se remonta a actos de curiosidad permanentes, necesarios para justificar mis acciones.
La oposición puntual a esta perspectiva, es entregarse a la inercia, para luego propiciar el servilismo al horario, la burocratización de la mente, y el enajenamiento del cuerpo. Demoro unos instantes en darme cuenta que ya han pasado horas desde que se inició la mañana; los minutos transcurren entre una bipolaridad, manifestada en otros tiempos, por otras voces, en otras historias.
La conciencia humana no muere en la envoltura de la cajetilla de cigarros o en el cuero del porro, ella siempre se redimensiona, pero depende del grado de atención que quieras asumir, para que ello permita desenvolver tus capacidades de expresión, a su justa lucidez…
Un profundo vértigo en la boca del estomago me recuerda que el tiempo sigue su curso, mi cuerpo necesita de alimentos para continuar con la faena diaria; son la 01:00 p.m. y las contradicciones diurnas van pespunteando a las nocturnas. Me posesiono de la necesidad de almorzar, de ingerir por la boca porciones de carne, de vegetales extraídos de esta tierra en la cual procuro mantener los pies firmes, sobre el aceite del asfalto.
El sol se va diluyendo entre las luces de neón, y el distanciamiento de las horas es cada vez más corto, deambula entre los latidos de mi corazón y el minutero del reloj. De vuelta en el Metro, de regreso hacia el apartamento el viaje se convierte en un vagar de clones, los cuales acatan la idea de Nación; como si el andar de prisa, y comunicarnos por mensajeria de texto, son las únicas acciones en común que nos relacionan y distinguen de otras Naciones, de otros pueblos de otros hombres y mujeres.
El final de esta historia, se sitúa entre paredes pálidas, en las cuales se cuelgan las sombras de las botellas vacías de cerveza, y de pilas de libros, que de vez en cuando me cuentan de las palabras ajenas escapadas al viento por otras bocas.
Los anhelos se pierden entre las inmediaciones de mi vecino y yo, para luego encontrarse alistadas en las farmacias de turno, junto a elegías en oferta, las cuales vagan entre los minutos del amanecer y el trasnocho provocado por la irritación a lo habitual de una mañana cualquiera…fecundada la noche anterior, por el mismo cuadro: yo sentado en la orilla de la cama, colocando el despertador a las 6:30 a.m.
lunes, 3 de diciembre de 2007
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